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“REFLEXIONES SOBRE POLÍTICA Y ECONOMÍA
PROGRESO. Como concepto es una evolución hacia adelante, avanzando en la mejora y el desarrollo permanente. En su vertiente económica, se trataría de crear estructuras económicas sólidas, eficientes y adaptativas, en un entorno dinámico, abierto, liberalizado y competitivo, generando una riqueza equilibrada, sostenible y en continúo crecimiento, con el objetivo de lograr el máximo beneficio del interés general. Una riqueza orientada a la productividad, la eficiencia y la satisfacción de la oferta y demanda de la sociedad, y con el fin último de distribuirla con criterios de justicia, eficacia y solidaridad, reduciendo los efectos inflaccionarios y la carga fiscal de personas y empresas.
PROGRESISMO. Es una corriente ideológica cuyo objetivo es la defensa de los derechos civiles, sociales y económicos de la sociedad, a través de constantes reformas conducentes al avance y el bienestar social. En la realidad, se traduce en la intervención política de la economía, cuyos efectos suelen producir trabas y rigideces organizativas y operacionales, y el bloqueo de la libre iniciativa de los actores que participan en el entorno económico. Y, en su gestión política de los recursos, se caracteriza por el notable aumento de la carga tributaria, el déficit de las cuentas del Estado y el incremento de la deuda pública. Y todo ello suele desencadenar una disminución de la riqueza nacional real, una decadencia de los servicios públicos, y unos salarios incrementados nominalmente por decreto (sin consenso conjunto de patronal y sindicatos) pero más empobrecidos por la inflación y la presión fiscal global. Y a largo plazo, la historia demuestra que estas políticas dejan una economía obsoleta, improductiva e ineficiente, y un incierto futuro de país.
Moraleja: No al capitalismo egoísta, depredador y de amiguetes. No a la economía planificada, intervenida y marxista. Si a la Economía Social de Mercado”

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“¿Qué temes perder, si nada en este mundo es realmente tuyo?.
Al final de la partida, pocas almas alcanzan una muerte tan limpia y gloriosa como la de aquel que, sin aferrarse a lo que posee, cae con la espada en la mano defendiendo a los suyos.
Cada época tuvo sus propios demonios.
Los que conocieron la guerra temían no ver el amanecer; los que padecieron hambre y ruina temían no poder poner un plato en la mesa de sus hijos; los que vivieron mudanzas sin futuro temían despertar un día y no reconocerse en su propia casa. Y, sin embargo, en medio de todo ello, siempre hubo hombres y mujeres que siguieron amando, criando hijos, sembraron y construyendo algo que valiera la pena.
La Historia, esa vieja cruel pero con más misericordia, que la de hoy nos ha enseñado que los mayores peligros no nacen de la ignorancia, sino del conocimiento sin alma: la inteligencia fría, huérfana de empatía, de amor y de cualquier sentido de responsabilidad. Y hoy, en esta era de máquinas que piensan por nosotros y de hombres que cada vez piensan menos, cabe preguntarse: ¿qué clase de criaturas seremos cuando hayamos delegado hasta el último juicio moral? Una humanidad que pierda el criterio se convertirá en esclava de sus propias creaciones. Otra que conserve los viejos valores —el honor, la lealtad, la compasión, la vergüenza— podrá usar esas mismas creaciones para elevarse. Ahí reside todo: el futuro no dependerá de cuán astutas sean las máquinas, sino de cuánto conservemos la inteligencia humana en su sentido más hondo y peligroso: la de pensar, sentir y elegir aunque duela. Vivimos en un tiempo sin precedentes, donde el hombre puede llegar a ser casi un Dios… y al mismo tiempo convertirse en el más hueco y miserable de los seres.
Un Dios vacío es capaz de hacer un daño infinito. Y si al final hay que perder la vida, que sea con dignidad: defendiendo lo que uno considera justo, antes que entregarla por miedo. Como los viejos tercios en Rocroi, que siguieron combatiendo aunque ya no hubiera esperanza, porque ciertas cosas no se negocian. Ni siquiera con la muerte.”

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