„Ya no creo en Dios”, me dije sin gran asombro. Era una evidencia: de haber creído en él no hubiera aceptado alegremente ofenderlo. Siempre había pensado que frente al precio de la eternidad este mundo no contaba; contaba puesto que yo lo quería y de pronto el que no pesaba en la balanza era Dios: para eso era necesario que su nombre sólo sufriera un espejismo. Desde hacía tiempo la idea que me hacía de él se había depurado, sublimado, hasta el punto que había perdido todo rostro, todo lazo concreto con la tierra, y poco a poco el ser mismo. Su perfección excluía su realidad. Por eso me sorprendí tan poco cuando comprendí su ausencia en el corazón y en el cielo. No lo negué para liberarme de un importuno: por el contrario, advertí que ya no intervenía en mi vida y comprendí que había dejado de existir para mí.“

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