Frases sobre caballos

Una colección de frases y citas sobre el tema del caballo.

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Un total de 158 citas caballo, filtro:


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„Las mujeres son como los caballos: hay que hablarles antes de ponerles las bridas.“

—  André Maurois escritor francés 1885 - 1967

Fuente: Red, Samuel. Las mejores citas de provocacion. Editorial Grasindo, 2008. ISBN 9788479277802, p. 61.

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„«Es una lástima, porque la incomunicación con los caballos ha retrasado a la humanidad», dijo Abrenuncio. «Si alguna vez la rompiéramos podríamos fabricar el centauro»“

—  Gabriel García Márquez, libro Del amor y otros demonios

Of Love and Other Demons
Variante: «Es una lástima, porque la incomunicación con los caballos ha retrasado a la humanidad», dijo Abrenuncio. «Si alguna vez la rompiéramos podríamos fabricar el centauro».

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„Monte a caballo el que pueda. ¡Nos abriremos paso a través del enemigo!“

—  Bernardo O'Higgins político y militar chileno 1778 - 1842

Fuente: Dicha por O'higgins en el Desastre de Rancagua.

Esta traducción está esperando su revisión. ¿Es correcto?
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„Soy un libertino, pero no soy un criminal ni un asesino, y como me siento obligado a presentar mis disculpas junto con mi vindicación, por lo tanto diré que podría ser posible que aquellos que me condenan tan injustamente como yo he podido. ellos mismos no pueden compensar las infamias con buenas obras tan claramente establecidas como las que puedo contrastar con mis errores. Soy un libertino, pero tres familias que residen en su área han vivido de mi caridad durante cinco años y los he salvado de las más profundas profundidades de la pobreza. Soy libertino, pero he salvado a un desertor de la muerte, un desertor abandonado por todo su regimiento y por su coronel. Soy un libertino, pero en Evry, con toda tu familia mirando, salvé a un niño, a riesgo de mi vida, que estaba a punto de ser aplastado bajo las ruedas de un carro tirado por caballos, arrebatando el niño desde debajo de ella. Soy un libertino, pero nunca he comprometido la salud de mi esposa. Tampoco he sido culpable de los otros tipos de libertinaje que a menudo son fatales para la fortuna de los niños: ¿los he arruinado al apostar o por otros gastos que podrían haberlos privado, o incluso por un solo día, de su herencia? ¿He manejado mal mi propia fortuna, siempre que haya tenido algo que decir al respecto? En una palabra, ¿anuncié en mi juventud un corazón capaz de las atrocidades de las que hoy estoy acusado? … ¿Cómo, por lo tanto, supones que, desde una infancia y juventud tan inocentes, de repente he llegado a lo último de lo premeditado? ¿horror? No, no lo crees. Y sin embargo, usted que hoy me tiraniza tan cruelmente, usted tampoco lo cree: su venganza ha engañado su mente, ha procedido ciegamente a tiranizarla, pero su corazón sabe el mío, lo juzga más justamente y sabe muy bien que es inocente.
Marquis de Sade

This passage comes from a letter addressed to his wife. It was written during his imprisonment at the Bastille.

Fuente: https://citas.in/community/translations/11797/“

—  Marqués de Sade novelista y filósofo francés 1740 - 1814

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„Hablo latín con Dios, italiano con los músicos, castellano con las damas, francés en la corte, alemán con los lacayos e inglés con mis caballos.“

—  Carlos I de España rey de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico 1500 - 1558

Sin fuentes
Otras versiones:
«Hablo el español con Dios, el italiano con las mujeres, el francés con los hombres y el alemán con mi caballo».
«Hablo en italiano con los embajadores; en francés, con las mujeres; en alemán con los soldados; en inglés con los caballos y en español con Dios».
«Uno debe hablar español con Dios, italiano con la amiga, francés con el amigo, alemán con los soldados, inglés con los patos, húngaro con los caballos y bohemio (checo) con el diablo».
«El español para mis tropas, el francés para las mujeres, y el alemán para mi caballo».
«El francés es la lengua del amor, el italiano la lengua de la política y el castellano la lengua para hablar con Dios».

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„Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.“

—  Federico García Lorca poeta, dramaturgo y prosista español 1898 - 1936

Variante: Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.

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„Si los deseos fueran caballos, los mendigos serían jinetes.“

—  John Dewey filósofo, pedagogo y psicólogo estadounidense 1859 - 1952

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„Una mano pequeña y fría me acarició la mejilla.
—No pasa nada —dijo Auri en voz baja—. Ven aquí.
Empecé a llorar en silencio, y ella deshizo con cuidado el apretado nudo de mi cuerpo hasta que mi cabeza reposó en su regazo. Empezó a murmurar, apartándome el cabello de la frente; yo notaba el frío de sus manos contra la ardiente piel de mi cara.
—Ya lo sé —dijo con tristeza—. A veces es muy duro, ¿verdad?
Me acarició el cabello con ternura, y mi llanto se intensificó. No recordaba la última vez que alguien me había tocado con cariño.
—Ya lo sé —repitió—. Tienes una piedra en el corazón, y hay días en que pesa tanto que no se puede hacer nada. Pero no deberías pasarlo solo. Deberías haberme avisado. Yo lo entiendo.
Contraje todo el cuerpo y de pronto volví a notar aquel sabor a ciruela.
—La echo de menos —dije sin darme cuenta. Antes de que pudiera agregar algo más, apreté los dientes y sacudí la cabeza con furia, como un caballo que intenta liberarse de las riendas.
—Puedes decirlo —dijo Auri con ternura.
Volví a sacudir la cabeza, noté sabor a ciruela, y de pronto las palabras empezaron a brotar de mis labios.
—Decía que aprendí a cantar antes que a hablar. Decía que cuando yo era un crío ella tarareaba mientras me tenía en brazos. No me cantaba una canción; solo era una tercera descendente. Un sonido tranquilizador. Y un día me estaba paseando alrededor del campamento y oyó que yo le devolvía el eco. Dos octavas más arriba. Una tercera aguda y diminuta. Decía que aquella fue mi primera canción.
—Nos la cantábamos el uno al otro. Durante años. —Se me hizo un nudo en la garganta y apreté los dientes.
—Puedes decirlo —dijo Auri en voz baja—. No pasa nada si lo dices.
—Nunca volveré a verla —conseguí decir. Y me puse a llorar a lágrima viva.
—No pasa nada —dijo Auri—. Estoy aquí. Estás a salvo.“

—  Patrick Rothfuss, libro El temor de un hombre sabio

The Wise Man's Fear

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„Volvía a ser de noche. En la posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio triple.
El primer silencio era una calma hueca y resonante, constituida por las cosas que faltaban. Si hubiera habido caballos en los establos, estos habrían piafado y mascado y lo habrían hecho pedazos. Si hubiera habido gente en la posada, aunque solo fuera un puñado de huéspedes que pasaran allí la noche, su agitada respiración y sus ronquidos habrían derretido el silencio como una cálida brisa primaveral. Si hubiera habido música… pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de esas cosas, y por eso persistía el silencio.
En la posada Roca de Guía, un hombre yacía acurrucado en su mullida y aromática cama. Esperaba el sueño con los ojos abiertos en la oscuridad, inmóvil. Eso añadía un pequeño y asustado silencio al otro silencio, hueco y mayor. Componían una especie de aleación, una segunda voz.
El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas una hora escuchando, quizá empezaras a notarlo en las gruesas paredes de piedra de la vacía taberna y en el metal, gris y mate, de la espada que colgaba detrás de la barra. Estaba en la débil luz de la vela que alumbraba una habitación del piso de arriba con sombras danzarinas. Estaba en el desorden de unas hojas arrugadas que se habían quedado encima de un escritorio. Y estaba en las manos del hombre allí sentado, ignorando deliberadamente las hojas que había escrito y que había tirado mucho tiempo atrás.
El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y se movía con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas.
La posada Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.“

—  Patrick Rothfuss, libro El nombre del viento

The Name of the Wind

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